Reflexiones
Señales
5 de octubre de 2026 · 6 min de lectura
—Dame una señal —pedí al universo. Y el universo me envió señales.
Lo que me está pasando no es nuevo en mí. Sistemáticamente y cada cierto tiempo, una sensación recurrente me domina.
Ahogo.
Comienzo a ahogarme. Comienzo a hartarme. Nada de lo que estoy haciendo me satisface, ni a mí ni a mi búsqueda incesante de creación. Todo me resulta liso, chato, sin bemoles. No hay estímulo. No hay incentivo. No hay placer.
Encuentro que todo se va cerrando. Como si me fueran poniendo vallas por delante de mi camino obligándome, en todo momento, a cambiar de rumbo. Pero cada vez que modifico la dirección, otra valla me corta el paso.
Y un día aparece la pregunta, o la duda, debería decir. ¿Tengo que seguir forzando o es que el universo me está queriendo decir que esto ha llegado a su fin? ¿Es un ciclo más que debo cerrar? ¿Debo persistir porque en realidad se trata de pruebas que me ponen para que demuestre mi entereza? En realidad, son varias preguntas. Hay más. Pero estas son las que asoman ahora mismo.
Esto me está rondando en la cabeza desde hace mucho tiempo. Y de nada sirve mirar a las estrellas y preguntar: ¿Qué debo hacer? Lo he intentado. Nadie responde. O por lo menos no he recibido nunca una voz que me diga paso a paso por dónde arrancar ni mucho menos cómo seguir. Así que tengo que hacerlo de la manera difícil. Tengo que confiar en mi instinto y leer las señales.
Señales.
Otro tema sobrevalorado. Uno debería pensar que cuando pide señales al universo éste, inmediatamente o con unas horas o días de demora, pone delante un camino perfectamente señalizado, iluminado y definido por el que echarse a rodar. Error. Nada de eso pasa en verdad. Suelen llegar señales, sí, pero difícilmente son claras. Nunca jamás estaremos delante de una situación en la que nos resulte absolutamente imposible malinterpretar lo que nos está queriendo decir el universo. O eso es lo que me había sucedido hasta la fecha. Ahora la historia ha cambiado.
En una de esas charlas que tengo con mi yo mismo, dirigimos ambos la mirada hacia adentro y pedimos casi al unísono que el universo nos envíe una señal. Y nos sentamos a esperar.
Y comenzaron a llegar. Claras. Explícitas. Sin ningún lugar a dudas me están diciendo lo que debo hacer. Me empujan a tomar una determinación. No me van dejando mucho espacio para el pensamiento. Solo la acción.
Aunque si lo miro con detenimiento hay algo que me hace descreer. Demasiado fácil. Demasiado explícito.
Y eso lo complica todo. Porque entonces dudo de si la señal es una señal o es una ilusión. Porque ahí entra otro elemento: las coincidencias. Obviamente, las coincidencias no existen. Pero, al igual que con las brujas, que las hay, las hay. Uno empieza a ver cosas que tienen que ver con el problema planteado. Y aparecen en el lugar menos pensado. O en el más frecuentado. Hoy podemos verlas en las redes. Algoritmo le dicen. Yo creo que son sincronicidades. Algunos más entendidos lo denominan sesgo de confirmación.
Mi duda en cuestión es si ya he llegado al punto de retorno a mi país. Llevo veintidós años viviendo en un país que no es donde nací y demasiadas cosas me hacen dudar de si debo seguir quedándome o volver. Las cosas se me están complicando aquí. No solo a mí. A todos en general. Lo que ocurre es que yo tengo plan B. La duda es si ya debo ejecutarlo o aguantar.
Todo esto dicho así no abrigaría ni la menor duda. El pensamiento lógico y el instinto de conservación primitivo dirían: ni lo dudes. Junta tus petates y te vuelves. Es la más fácil. La más segura. La más lógica y racional.
Pero… sí, hay peros. La cosa no es tan fácil. No estoy yo solo aquí.
Cuando emigramos a nuestro país de acogida, éramos papá, mamá y cuatro hijitos. Adolescentes algunos, niños otros. Hoy, veintidós años después, la familia ha crecido. Ya no somos seis, somos diecisiete. Cuatro hijos, que me han dado siete nietas, sus respectivas parejas y yo. Ya no es una célula familiar. Aquí hay una cantidad importante de gente. Todos instalados, insertados, que forman parte a su vez de las familias de sus parejas. En fin. Complejo. Muy complejo.
Pero dejando de lado ese tema, que ya de por sí necesita análisis exhaustivo y profundo, aparece otro. El miedo. Ese puto sentimiento que todo lo posee y contamina. Aunque sé que sin miedo nada sería interesante. Todo daría igual.
¿Miedo a qué?, se preguntará el ocasional lector de estas palabras. Pues miedo. Miedo a todo. Miedo a volver y que no sea la mejor idea. Miedo a que las cosas no vayan como uno espera. Miedo a que sea un retroceso. Miedo a todo.
Ahí es donde aparecen las sincronicidades famosas. Empieza el desfile de coincidencias. Te enteras de que fulanito se vuelve. Te aparecen cientos de reels de cosas de tu ciudad. Te aparecen miles de tiktoks de personas que retornan a su país. No sabes quiénes son, pero te aparecen igual. Te aparecen publicidades de lugares de comidas que te son familiares y echas de menos de una manera atroz. Y la nostalgia te atormenta.
Además, y para complicar más aún la situación, resulta que en tu país de origen las cosas están cambiando. Y para bien. Y en tu país de residencia también cambian. Pero para mal.
Y la decisión no es fácil.
Alguien me dijo una vez que no tenía que olvidarme de mis raíces. Contesté que yo nunca me olvidaba de mis raíces. El tema es que mis raíces siguen allí, donde nací. Pero las ramas de mi árbol están aquí. Y los frutos también.
Y entonces aparece la maldita balanza. Con sus dos platillos vacíos. Y comienzas a poner una a una las verdades inmisericordes de tu existencia. Es un ejercicio fantástico para dirimir dudas internas. Fantástico pero despiadado. Eso sí, tienes que ser honesto e imparcial. No debes volcar intencionalidad. Debes aislar la verdad. Te guste o no.
En el caso en cuestión, no sirvió para dirimir nada. Solo aumentó el número de dudas significativas a las que prestarles atención para, según lo merezcan, quitarles hierro o darles orden de importancia.
Pero de todas, hay dos que me rondan fuerte en la cabeza. Aunque si las veo bien es una sola con dos aristas contrapuestas.
Me es imprescindible plantarme en el escenario de la vuelta y si imagino que esa es la vía correcta, me surgen dos pensamientos. En primer lugar, la ilusión de volver a mi país, a mi ciudad, a mis personas y lugares. Eso me provoca un sentimiento fuerte, cargado de nostalgia. En segundo, me surge la casi absoluta certeza de que voy a echar de menos mucho de lo que, hasta este momento, fue mi país, mi ciudad, mi gente y mis lugares. Una contradicción, sí. Pero es la realidad. Son veintidós años aquí. Mis hijos llevan más tiempo aquí que en nuestro país de origen. Es imposible borrar eso de un plumazo. Sé que voy a echar de menos el mar, ciertas comidas, ciertas costumbres. Pero también quiero volver a disfrutar de las comidas de allí. Sé, porque lo sé, que allí las cosas han cambiado. Muchas cosas de las que dejé no están iguales, no funcionan igual. Ni siquiera se habla igual. Mi esencia quedó anclada pero mis personas siguieron avanzando. Mis amigos a lo suyo, mi familia siguió creciendo. La ciudad siguió creciendo. Y yo soy nuevo, otra vez.
Emigrar es implantarse en otro sitio. Aprender sin la memoria de lo histórico, porque tú no fuiste parte de la historia. Volver es empezar de nuevo. Adaptarte… otra vez.
Porque cuando retornas a tu país de origen luego de haber emigrado a otro, no estás volviendo. Estás emigrando otra vez… pero a tu país.
¿Te aviso cuando haya algo nuevo? Un correo los viernes con lo que se sumó esa semana. Si no hay nada, no sale.