Una selección organizada en dos series: color y blanco y negro. Se actualiza a medida que se suma material nuevo.
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Bariloche, Patagonia. Desde abajo, la piedra pesa el doble.

Sevilla. Una esquina que no se conforma con ser esquina.

Barcelona. Todo listo; falta la gente.

Nahuel Huapi, Patagonia argentina. El día se va por el lago.

Nahuel Huapi, Patagonia argentina. Piedra, agua y la cordillera al fondo.

Nahuel Huapi. Lo que queda del invierno.

Nahuel Huapi. Lo que el lago deja en la orilla.

A la altura del agua, un arroyo parece un río.

Abajo, piedra. Arriba, todo lo demás.

La roca guarda los años en capas. La sierra los pone en fila.

Aquí el tiempo no pasó. Se quedó a comer.

El agua no discute con la piedra. Le pasa por encima.

Las columnas hacen fila hasta el fondo. El cielo no.

El árbol cabe entero en un charco. Cabeza abajo, pero entero.

Semáforo en verde, la calle vacía y el sol metiéndose justo detrás del único árbol.

Dos faroles montando guardia en una puerta por la que ya no entra nadie.

El mismo hierro, sin el dorado encima.

El peluche lleva media hora esperando. Él todavía no ha levantado la cabeza.

La sombra le cae encima. Ella sigue en otra parte.

Toca contra la corriente. Nadie gira la cabeza.

Cruza cargando dos litros. La ciudad no le abre paso.

El cristal se queda con media escena. El resto lo pone el reflejo.

Sentada al sol, de espaldas a todos. Le basta con la pantalla.

La gaviota va sola. Los remeros van a ocho.

Cae el vino. La noche empieza ahí.

Los mástiles siguen apuntando arriba. El casco lleva meses sin tocar el agua.

Todo pasa por delante. Él mira la pantalla.

Un tabique decide toda la distancia que hace falta.

Todos miran al frente. Ella encontró otra cosa.

Van tapadas hasta las orejas. Todavía se ríen.

Está plantado en medio de la calle. Nadie lo mira.

Se agarra a lo que hay. El vagón no pregunta.

Da vueltas toda la noche. Siempre llega al mismo sitio.

El asfalto guarda el agua un rato más.

La luna abre un camino sobre el agua. Nadie lo usa.

Té y cuatro almendras. Suficiente.

La piedra lleva siglos quieta. El cielo no aguanta ni una hora.

La verja corta el paso. El sol pasa igual.

La silla vigila un mar que no mira nadie.

El río se fue y el puente sigue en su sitio, aguantando el paso de un lado a otro por costumbre.

El mosaico sigue anunciando una farmacia que ya no está. Las plantas de la floristería se van comiendo las letras.

Entre tanto gris de palomas, una cotorra verde se cuela a beber de la misma fuente — la única nota de color en la reunión.

Una locomotora que ya no viaja, quieta bajo su propio techo, duplicada en el agua que tampoco se mueve.

Fachada blanca, arena dorada, un mar que no pide permiso para entrar.

Motos quietas, agua en movimiento.

Un cielo monstruoso amenaza con comerse la ciudad.

El mar de fondo, el tiempo en primer plano.

Remar en equipo, rodeados de barcos que no necesitan remar.

Una casa de piedra que no necesita color para imponerse.

Una flor seca vigila el mar desde una mesa de playa.

El hierro oxidado también recibe golpes del mar.

El sol sigue ahí. Solo que hoy decidió no mostrarse entero.

El árbol se queda en la sombra. El río sigue de largo, al sol.

No es pintura. Es agua moviéndose sobre piedras de colores.

El río salpica primero y pregunta después.

El viento las peinó y se fue.

Nadie sentado. El banco lleva años ocupado.

Abajo ya es de noche. Arriba todavía no.

Los mástiles esperan viento. El cielo ya se mueve.

La luz encuentra la grieta. Siempre la encuentra.

Lo que viene se anuncia por debajo.

La playa vacía y el cielo lleno.

Un cielo que no decide de qué color es.

El sol se va por donde vino.

El cielo pesa más que la playa entera.

Tres postes sosteniendo un cielo que no se cae.

El sol toca el agua y no se apaga.

El hierro no pidió permiso. El cielo tampoco.

Un azul que no admite discusión.

Las nubes taparon el mar y nadie protestó.

Las palmeras aguantan de pie lo que el paseo no.

Ya no echan humo. El cielo se ha picado solo.

Las piedras llevan aquí más tiempo que el sol.

El hormigón imita al mar. No le sale.

Todas suben. Ninguna dice a dónde.
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