Reflexiones
¿Da igual?
19 de octubre de 2026 · 3 min de lectura
Frente a la inevitable lluvia de información que llega a la cabeza de uno cada día, y a cada momento, no queda más remedio que intentar filtrar algo por lo menos.
Que noticias de radio y televisión (no es mi caso, no escucho radio ni veo televisión), que Instagram, que tic toc, que YouTube, que LinkedIn, que, que, que… Un verdadero infierno.
De todo lo que llega, el 90 % no es real, el 80 % es para vender, el 50 % son cosas sin sentido. Un gran porcentaje dice la verdad y otro no, por lo que uno no sabe con qué quedarse. La verdad es que todo suena veraz. Sostenido con evidencia científica (que casi nunca aparece o no es corroborable). Casi todo dicho por expertos que estudiaron en las mejores universidades del mundo y bajo datos conseguidos con estudios que a veces llegan incluso a ser ciertos pero que quizá la interpretación esté algo subjetivada. En fin. Información que, al alcance está, la quiera quien la quiera y la aproveche quien la aproveche.
Por mi parte he optado por creer todo a medias, adoptar lo que me sirva, ponerlo en práctica y si el resultado es satisfactorio disfrutar de los resultados.
En esas estaba cuando me llega un reel de una speaker que aborda uno de los temas que me es afín. En él cuenta una historia, fábula o el carácter que tenga tal dicho. Ya lo había escuchado antes, pero es de esos que siempre caen y si no golpean, dan el toquecito en el hombro como diciendo: no te olvides.
El cuento en cuestión habla del momento de la muerte. Habla del día del velatorio. De que, seguramente, la gente que asista pasará un tiempo allí. Conversará con otras personas. Tomará un café. Recordará alguna anécdota. Y al finalizar se irá cada cual para su casa. Algunos, los menos allegados, se olvidarán de ti al instante. Otros pasarán hablando de ti unos días, unas semanas quizá, los más cercanos. Con el tiempo hasta tu familia dejará de pensarte. Lo harán en fechas concretas: cumpleaños, Navidad, etc. Pero el día menos pensado todos habrán pasado página y tú no estarás presente en su memoria.
Por eso, concluía el relato, debes vivir pensando solamente en ti. Disfrutando la mayor cantidad de momentos que puedas. Agasajándote día a día, viviendo cada momento de tu vida con intensidad y haciendo lo que te venga en ganas, porque hagas lo que hagas, y pasado cierto tiempo nadie va a recordar nada de ti.
Obviamente no es algo fácil de digerir. Aunque es absolutamente cierto, pica. Y claro, se viene detrás el memento mori de los estoicos, recordándonos a cada uno de nosotros que vamos a morir.
Y sí. No cabe duda. Vamos a morir. Y además no sabemos cuándo, lo cual lo pone más interesante. Pero el punto no es ese. El punto es: aun sabiendo que vamos a morir y que al tiempo nadie nos recordará. ¿Cómo se hace para sucumbir al plan egoísta de pensar en uno mismo?
Porque, si total, me voy a morir, entonces no me tomo el café con ese amigo que cuando muera no va a recordarme. No estrecharé esa mano ni daré ese cálido abrazo. No tendré entre mis manos a una nieta recién nacida ni caminaré los senderos de las montañas con amigos, como me gusta tanto hacer ahora mismo. Total, qué sentido tiene.
Es verdad que uno no debiera hacer las cosas con el solo afán de dejar huella, ni de ser recordado por los siglos de los siglos. Eso es vanidad, creo yo.
Uno debe pasar por la vida haciendo lo mejor que se nos puede dar en esta vida. Compartir, querer, amar, satisfacer, cuidar, también dejándose querer, amar, satisfacer, cuidar.
Pero por sobre todas las cosas, uno tiene que pasar este tiempo aquí en la tierra VIVIENDO.
¿Te aviso cuando haya algo nuevo? Un correo los viernes con lo que se sumó esa semana. Si no hay nada, no sale.